En los años veinte se tomaban la comedia muy en serio. Más que nada porque si te reías podías caerte de la escalera, despeñarte por el barranco y romperte la crisma como poco.
¿Es esto nuevo circo? ¿Es esto arte? ¿Es esto camello?
¡Espectáculo bizarro! Pero dentro, en las casas de aquella ciudad, las televisiones escupían los gritos del comentarista deportivo al que el aristócrata de medio pelo le robó el amor de la ex actriz porno.